Por más que me esfuerce en insensibilizarme ante todo lo malo que sucede a nuestro alrededor, no consigo crearme una eficaz coraza protectora que me permita vivir como un mimista. El “mimismo” (palabro a partir de mi y mismo) es la versión más idiota del egoísmo más involucionado. Es la creencia que todo lo que no me afecta directamente es cosa de otros, no me incumbe. Y lo que sí me afecta, incumbe a todos.
La visión de un ser humano tirado por el vestíbulo del metro, que no sabes si está durmiendo o moribundo; quedarnos sin reaccionar ante familias que se encuentran en la calle sin trabajo, sin su casa y deuda a perpetuidad, por obra y gracia del Banco o la Caja de Ahorros, que a la vez está en la ruina por la pésima gestión y saqueo de unos tipos que en una sociedad moralmente estructurada, estarían presos. Bombardeos y torturas atroces en Siria, que chinos y rusos comprenden y ven con muy buenos ojos y el resto de la humanidad lo vemos encogidos de hombros. La pertinaz fe de los hermanitos Castro que creen, después de 50 años de intentarlo a muerte, que su método de prosperidad al fin funcionará algún día, empeño que ha destrozado física y psíquicamente a tres generaciones de cubanos. El imposible entendimiento entre palestinos e israelitas, arreado por oscuros intereses, entre otros, parece que también hay Dioses de por medio (por suerte el nuestro no está metido en esto). La abusiva postura de fuerza de grupos reducidos de “mimistas” que por su posición, en defensa de particulares intereses, alteran y perjudican gravemente a toda la sociedad, díganse financieros, controladores aéreos o conductores de autobús. La lista es larga, así que cuando se nos terminan las lágrimas, comienza la indiferencia.
Es inevitable que la incesante cadena de acontecimientos y situaciones que van pasando ante nosotros, nos confundan a tal extremo que aun sin ser admisible, parece razonable que prisioneros de tanta turbiedad, no sepamos cual debería ser nuestra postura y reacción, ni donde acudir para hacerla efectiva.
Esta enturbiada visión del presente, en tiempos de depresión como ahora, es la que en la película Melancholia de Larson von Trier, la reflexión en voz alta que hace Justine adquiera un mayor sentido perturbador.- Si Melancholia choca contra la Tierra y se acaba el mundo ¿a quién le importará su desaparición?
Verdaderamente cierto. El Universo seguirá su camino por miles de miríadas de siglos sin saber lo que fue. En tal contexto, somos apenas una irrelevante curiosidad cósmica. Visto desde este plano, tantos sufrimientos, injusticias, guerras y otras locuras, nos deja en una posición bastante ridícula y estúpida comportándonos colectivamente como una ensoberbecida humanidad, al creernos amos del Universo, de la razón, de nuestras vidas y de las ajenas. Advertidos de esta falsa postura, una vez más, tampoco sabemos donde acudir para cambiar este modo de vida y les aseguro que escribiendo artículos en un blog, na de na.
Para añadir mayor confusión al tema, ¿quién puede asegurarnos que no somos Nexus 6 como los descritos en Blade Runner, con nuestra fecha de caducidad y nuestros defectos de fabricación?. Roy Batty que era un Nexus 6, al llegar su fecha de caducidad nos suelta el aplastante fragmento poético-robótico-cibernético que permanece resonante en todo el espacio terreno: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhauser. Todos esos momentos, se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”.
El rumiar en estas espesuras, tiene momentos en los que crees que todo está perdido, sin embargo, la vida tiene sus golpes escondidos y azarosos y repentinamente se produce la chispa que pone de nuevo el corazón en marcha y manda a freír espárragos a la mente, que es la que lo enreda todo.
Allí estaba, en un paraje de gran belleza por lo inhóspito, un árbol solitario lleno de vigor y ganas de vivir, rodeado de trillones de constelaciones de granos de arena con el inmenso peligro de ser ahogado. Como a mi alrededor no tenia ni políticos, ni bancos, ni religiones, ni indignados, ni prensa, ni Tele 5, ni la Compañía del Agua, ni la de Jesús. Tampoco tertulianos ni economistas, ni clientes, ni más compromiso social que mi mismo, nada me contuvo y sin más, grité casi increpándole.- Y tu, ¿qué coño haces en este mundo?.
Lo mismo que tu, me respondió.
Y en esto estoy, intentando descubrir que hace aquel árbol.
