EL VICIO DE LA BICI

No tengo demasiada cultura en Historia de la Humanidad, pero me da que nunca se ha vivido una época en la que convivan tantas terapias: las hay alimenticias, místicas, posturales, psicológicas, mentales, religiosas, olfativas, auditivas, respiratorias, punzantes, de abuso, de contención, de descontrol, de control y por supuesto, no podían faltar las farmacológicas. Con esta oferta tan espectacular, verdaderamente ¿quién es el guapo que puede afirmar que no hay remedio?

Hay personas que curan todos sus males con la aspirina, incluso la depresión, y les va bien. Por supuesto que los médicos están obligados a manifestar escepticismo ante lo inexplicable del fenómeno, de hecho su negocio es otro, y si se ven impulsados a dar una explicación, según sea su inclinación, tirarán hacia el  lado de la curación histérica o lo concluirán con lo del efecto placebo. ¡Cómo si las palabras lo explicaran todo!

En ambos casos es solo una etiqueta, no una explicación. Bien es cierto que en esta vida no es necesario que todo tenga explicación (los casados lo saben bien). Pero… ¡si ni siquiera sabemos el por qué de nuestra propia existencia!… ¿por qué íbamos a tener explicaciones de cosas menores? Al fin y al cabo, de lo inexplicable nace la fe y la fe no puede ser mala, incluso los animales la necesitan y por supuesto la tienen. Más aun, sin ella, nos sería muy difícil tirar “palante”.

De todas formas, en una época en que la investigación es negocio, no es de extrañar que haya poco entusiasmo en investigar el mecanismo capaz de hacer que una sustancia sin ningún valor terapéutico, cure. Los psicoanalistas, pueden profundizar y comprender el fenómeno, pero desconocen el proceso físico o bioquímico por el que se pasa de lo mental a lo físico. Es claro que a este fenómeno debería prestársele mayor atención, porque así como cuando cura lo tomamos como una buena noticia y las buenas noticias precisan de pocas explicaciones, este mismo mecanismo al funcionar también al revés, nos enferma y esto sí que es una mala noticia y a las malas noticias hay que exigirles explicaciones.

Antiguamente, la gente moría de muy pocas cosas, de tres o cuatro a lo sumo: de repente, de un mal feo, de una caída del caballo o lo habían matado. Hoy la gama es mucho más extensa y las posibilidades de enfermedad o simplemente de encontrase mal, son la tira, así que no nos ha de extrañar que con independencia de la medicina oficial, convivamos con un montón de terapias, porque al fin y al cabo, por lo que se ve, en gran medida, somos nosotros la enfermedad y a la vez la terapia, es decir, somos más dueños de nosotros mismos de lo que creemos.

Con frecuencia nos encontramos poniendo cara de resignada incomprensión, cuando alguien nos cuenta que un conocido está combatiendo algún mal menor o mayor, con una terapia no adscrita al establishment médico/científico; torcemos el gesto y ponemos en duda su eficacia, simplemente porque desconocemos la sintonía del doliente consigo mismo. En realidad, lo que nos debería interesar no es el tipo de terapia, sino la cantidad de fe que ha depositado en ella, sea la que sea, yoga, acupuntura, homeopatía, meditación, aromaterapia, trihidrato de amoxicilina o baños de mar al alba… Es cierto que no son tiempos para la lirica y dedicarnos a la lira puede parecer una ingenua pérdida de tiempo, ¡con la de pastillas qué hay!  pero quizás sea éste un error más de los que ya cometemos, al no considerar la lirica como la farmacia de las “otras terapias” y desconsiderar que la fe es el factor básico de cualquier tipo de salud.

Son muchas las personas que sabiendo o sin saber lo del efecto placebo, tienen en su botiquín de “otras terapias” un surtido propio de tratamientos preventivos o paliativos. Entre ellos yo.

Hoy, una de las medicinas que me administro es la bicicleta, me alivia y me ayuda a pensar; en realidad, este articulo lo he escrito en casa, pero lo he hecho en la bicicleta. ¡Qué maravilloso invento! Me transporta gracias a mi propio esfuerzo, cosa que me llena de confianza. A velocidad humana, veo pasar ante mis ojos el paisaje y esto me distrae y vacía, es precisamente en este proceso de vaciado y llenado en el que creo se produce el efecto terapéutico, hay una reposición inconsciente de nuevas sensaciones y contenidos, desbloquea la mente, elimina los enquistamientos y se presentan nuevas perspectivas. Einstein, otro que estaba enviciado con la bici, también la tenia en el botiquín de “las otras terapias”, decía.- “La vida es como ir en bicicleta, para mantener el equilibrio es menester seguir pedaleando”. Afirmaba también que la famosa Teoría de la Relatividad la descubrió yendo en bicicleta, dicho por él, sea cierto o no, es uno de los mejores homenajes que se hayan podido hacer a la bicicleta.

Y todo, sin olvidar manta de otras sensaciones que da la bicicleta: el penetrante oreo que entra por todos los poros y que airea todo lo malo. La inesperada percepción de olores, buenos y malos. Frases cortadas de los viandantes con los que te cruzas.- “Se lo dije bien claro…”, otro “…Y tris tras íbamos subiendo “, el siguiente “!Nunca! jamás me haces caso”, y este “…no, no, no te lo daré. Ja, Ja, Ja!!!”. Interesante retablo de la vida real, es como el trailer de una vida ajena, detrás de cada frase pescada al azar, una vivencia, que pasada a literatura, alguien que supiera, podría recrear a su gusto.

Y aquí llego al final. Seguro que más de un lector, si es que ha llegado hasta aquí, se preguntará …y todo esto ¿de qué vale?

¡Esto es la lirica amigo! No vale absolutamente para nada. Solo cura.